Septiembre es sinónimo de vuelta a la rutina. Los niños regresan a las aulas, los estudiantes a las universidades y muchos adultos recuperan el ritmo habitual de la oficina. También significa volver a pasar buena parte del día entre cuatro paredes.
Y hay un elemento invisible que puede decirnos mucho sobre la calidad del aire de esos espacios: el dióxido de carbono o CO₂.
¿Alguna vez has entrado en una sala de reuniones después de varias horas de uso y has pensado que el ambiente estaba “cargado”? ¿O has notado cómo, después de un rato en un aula llena de personas, resulta más difícil mantener la atención?
La ventilación tiene mucho que ver.
El dióxido de carbono (CO₂) es un gas presente de forma natural en el aire. Las personas también lo generamos continuamente al respirar: inspiramos aire y, al exhalar, liberamos una mayor concentración de CO₂.
Por eso, cuando muchas personas permanecen durante un tiempo en un espacio cerrado, la concentración de CO₂ aumenta. Si el aire interior no se renueva suficientemente con aire exterior, ese incremento puede ser especialmente rápido.
Un aula con 25 alumnos, una sala de reuniones llena o una oficina ocupada durante toda la jornada son ejemplos perfectos.
Por este motivo, medir el CO₂ es una forma muy útil de evaluar si un espacio ocupado está suficientemente ventilado.
Más de lo que puede parecer.
Diversas investigaciones han estudiado la relación entre la ventilación de los edificios, los niveles de CO₂ y nuestro rendimiento cognitivo.
Un estudio realizado entre 302 trabajadores de oficinas de seis países encontró que mayores concentraciones de CO₂ —utilizadas en este caso como indicador de menores tasas de ventilación— se asociaban con tiempos de respuesta más lentos y un peor rendimiento en determinadas pruebas cognitivas.[1]
Concretamente, por cada incremento de 500 ppm de CO₂, los investigadores observaron tiempos de respuesta entre un 1,4 % y un 1,8 % más lentos y una reducción del rendimiento de entre un 2,1 % y un 2,4 %.[1]
Es importante matizar que estos datos no significan necesariamente que el CO₂ sea el único responsable. En espacios ocupados, su concentración se utiliza habitualmente como un indicador de ventilación: cuando el CO₂ aumenta, puede ser una señal de que el aire interior no se está renovando suficientemente.
Y no es una cuestión exclusiva de las oficinas.

En colegios y universidades se produce una combinación especialmente exigente: muchas personas, espacios relativamente reducidos y largos periodos de ocupación.
Un metaanálisis publicado en 2023 analizó cinco estudios y un total de 3.679 participantes para estudiar la relación entre las tasas de ventilación y la productividad intelectual.[2]
Los resultados mostraron que el aumento de la ventilación estaba asociado con una mejora significativa en la velocidad de ejecución de las tareas y una reducción de la tasa de errores. En determinadas pruebas, los investigadores observaron mejoras del 13,7 % en la velocidad de realización de tareas aritméticas y del 3,5 % en tareas relacionadas con capacidades cognitivas.[2]
La evidencia científica sobre el efecto directo del CO₂ a concentraciones habituales en interiores continúa evolucionando. Sin embargo, existe una conclusión especialmente relevante para nuestros edificios: cuando el CO₂ aumenta por la presencia de personas, suele ser una señal de que el aire no se está renovando suficientemente.
Y eso significa que no solo aumenta el CO₂. También pueden acumularse otros contaminantes generados dentro del edificio.

El CO₂ se mide habitualmente en partes por millón (ppm).
En el exterior, las concentraciones se encuentran generalmente en torno a varios cientos de ppm. En interiores ocupados, ese valor aumenta progresivamente en función del número de personas, el tamaño del espacio y, sobre todo, de cuánto aire se renueva.
Una revisión sistemática y metaanálisis sobre exposición al CO₂ y rendimiento cognitivo publicada en Building and Environment encontró una disminución significativa del rendimiento en tareas cognitivas complejas en determinados rangos por encima de las concentraciones habituales de fondo.[3]
Los autores señalan además que, en lugares de trabajo con una elevada demanda cognitiva, mantener concentraciones por debajo de 1.000 ppm puede ser un objetivo recomendable.[3]
No obstante, el CO₂ debe interpretarse siempre teniendo en cuenta el contexto, la ocupación y las características del edificio.
Un sensor de CO₂ puede convertirse así en algo parecido a un semáforo del aire interior: permite identificar cuándo la ocupación está provocando que sea necesario prestar atención a la renovación del aire.
La solución más inmediata parece sencilla: abrir las ventanas.
Y sí, hacerlo permite renovar el aire. El problema es que resulta difícil garantizar cuánto aire estamos renovando y durante cuánto tiempo.
En invierno, además, supone introducir aire frío y perder parte de la energía utilizada para climatizar el edificio. En verano ocurre lo contrario. A ello se suman otros condicionantes como el ruido exterior, la contaminación, la seguridad o, sencillamente, depender de que alguien recuerde abrir y cerrar las ventanas.
Por eso, en edificios donde pasamos muchas horas, la ventilación no debería depender únicamente de nuestros hábitos.
Los sistemas de ventilación mecánica controlada permiten garantizar una renovación continua del aire interior, extrayendo el aire viciado e introduciendo aire exterior de forma controlada.
Cuando incorporan recuperación de calor, además, permiten recuperar parte de la energía del aire que se extrae antes de expulsarlo al exterior, favoreciendo simultáneamente calidad del aire, confort y eficiencia energética.

Colegios, universidades, oficinas, viviendas… pasamos gran parte de nuestra vida en espacios cerrados.
Por eso, cuando hablamos de crear edificios confortables y saludables, no basta con pensar en la temperatura. También debemos preguntarnos qué aire estamos respirando mientras estudiamos, trabajamos, aprendemos o descansamos.
Medir el CO₂ nos ayuda a hacer visible algo que normalmente no podemos ver: cómo se está renovando el aire de un espacio ocupado.
Y una ventilación adecuada puede contribuir a crear entornos en los que resulte más fácil estar, trabajar, aprender y concentrarse.
Porque volver a la rutina también puede ser una buena oportunidad para empezar a prestar atención a algo tan cotidiano como invisible: el aire que respiramos.
Fuentes y referencias
[1] Cedeño Laurent, J. G. et al. (2021).Associations between acute exposures to PM2.5 and carbon dioxide indoors and cognitive function in office workers: a multicountry longitudinal prospective observational study. Environmental Research Letters, 16, 094047.
DOI: 10.1088/1748-9326/ac1bd8
Harvard T.H. Chan School of Public Health – resumen del estudio
[2] Kuramochi, H., Tsurumi, R. & Ishibashi, Y. (2023).Meta-Analysis of the Effect of Ventilation on Intellectual Productivity. International Journal of Environmental Research and Public Health, 20(8), 5576.
DOI: 10.3390/ijerph20085576
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[3] Du, B. et al. (2023).Short-term exposure to indoor carbon dioxide and cognitive task performance: A systematic review and meta-analysis. Building and Environment, 243, 110331.
DOI: 10.1016/j.buildenv.2023.110331
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